La Historia - La figura del Marqués de la Romana

Don Pedro Caro y Sureda, Tercer Marqués de La Romana (1761-1811), ilustre mallorquín, fue el jefe de la famosa expedición a Dinamarca en 1808 formada por una división de catorce mil españoles al servicio de Napoleón. La Romana, enterado de la violencia francesa en España, logró con rapidez y extraordinaria habilidad repatriar a España, en barcos británicos, al menos a nueve mil de sus efectivos. El resto, casi cinco mil, fueron hechos prisioneros. Los soldados apenas tuvieron experiencia militar; pero después de su regreso, ya sin La Romana, en el campo de Espinosa de los Monteros, demostraron sobradamente que sabían luchar y morir con dignidad. Por su parte, La Romana combatió tenaz e incansablemente contra el invasor en varias zonas de España y también participó en la labor constitucional en Cádiz, hasta su fallecimiento en 1811.

Lejos de ser un hidalgo clásico, Pedro Caro y Sureda era un hombre del Mediterráneo, inquieto, amplio de miras, abierto al mundo y a los hombres y con una extraordinaria avidez de adquirir nuevos saberes y de conocer a foráneos y sus lenguas. Después de completar su educación básica en un liceo francés, recibió su primera formación militar en la Marina. Al realizar luego su Grand Tour, visitaría en la década de 1780, no sólo los países “modelos” de Occidente, sino también la Rusia oriental.

En torno a 1790, había adquirido experiencia militar y dio pruebas de verdadero coraje en el campo de batalla. Desempeñó también labores administrativas como Capitán General interino de Cataluña. En su biblioteca figurarían las obras completas en francés de Voltaire, Diderot y Rousseau, y también una colección, muy completa para la época, sobre arte militar, historia y literatura en todas las lenguas románicas, griego y latín. Aunque también conocía el inglés, había un solo libro en este idioma.

Pedro Caro fue, ante todo, uno de los prohombres europeos formados en la Ilustración que se verían obligados a enfrentarse a la autocracia imperial de Napoleón y, tras Waterloo, alumbraron el liberalismo y el nacionalismo del siglo XIX.

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